La necesidad de los espacios verdes urbanos

Publicado en seis entregas en TAPATIO, suplemento del periódico EL INFORMADOR. Guadalajara, Jalisco. México 2008

Por: Álvaro Morales

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El jardín es un vínculo territorial y sensorial con nuestra infancia, como individuos y como especie, nos remonta al paraíso, pero también a la mirada complaciente del abuelo, el jardín es el reducto de nuestros recuerdos tanto personal como colectivamente y es a su vez la posibilidad que como humanos tenemos de futuro.

Según Nicolás Ma. Rubió y Tudurí, “La jardinería que florece hoy en nuestras manos tiene raíces profundas en lo más antiguo de nosotros mismos”, en términos tanto históricos como metafísicos. El jardín como un nexo con nuestras raíces telúricas, tanto en un sentido de continuidad de nuestra especie, como en el interior de nuestra propia semblanza. El jardín como origen y destino, como una imagen del paraíso y del cielo. De hecho, siguiendo con Rubió y Tudurí, sabemos que “la palabra paraíso equivale a la de jardín en persa y en general para aquella Asia occidental que nos enseño la creación”. Por tanto el jardín debe ser visto, analizado y conceptualizado en sus diferentes aspectos como una necesidad utilitaria, pero también como necesidad trascendente o espiritual.

Cuando hablamos de necesidad es importante distinguirla de utilidad, para no caer en el error que acertadamente ilustra Moritz: “La idea dominante de lo útil ha suplantado poco a poco toda belleza y toda nobleza; y hasta la sublime, la gran naturaleza es observada con ojos fiscales, de tal forma que su aspecto sólo se encuentra interesante por el provecho que podamos sacar de sus productos”. Existen muchas necesidades que no son cuantificables ni mesurables y que su solución no arroja datos favorables a las administraciones al corto plazo, que tienen que ver más con cuestiones del espíritu que con lo físico - material, estás necesidades, como lo mencionábamos anteriormente, serán fundamentales en nuestro proyecto, sin dejar de lado algunas de orden más utilitario.

Entrando de lleno en la materia que nos ocupa, sabemos que el espacio verde en una ciudad tan populosa como Guadalajara es una necesidad, ¿quien lo duda?. Quien, sin el riesgo de parecer un insensible e insensato, se atrevería a negar que a nuestra ciudad le urgen jardines, parques, árboles, fuentes, aire, vida. En esto existe un claro consenso, pero lo que ya no es tan claro, es cual es el nivel de importancia de la necesidad. Si importa tanto como un estacionamiento, como un edificio de gobierno. Si es primera, segunda o tercera necesidad, si es tan importante como las iglesias, como las calles y los bancos, como los cines y las escuelas.

Y para saber cual ha sido el nivel de importancia real, que más allá del discurso oficial se le ha asignado, es decir en las acciones, basta ver lo que ha ocurrido y ocurre en nuestra ciudad, donde desde una idea de progreso, la movilidad vehicular, o sea, las calles, las avenidas, y el número de plazas de estacionamiento, han demandado más recursos, más metros cuadrados, más interés y en definitiva han sido más importantes que las áreas verdes, que más bien se consideran un espacio residual o de reserva urbana; el que siempre paga los platos rotos de la expansión urbana.

El gran deficitario del progreso y la apuesta por el automóvil es el espacio verde, la naturaleza, y por tanto la ciudad y el ciudadano. ¿No nos hemos cansado, hastiado de ver tanto gris, tanto asfalto y concreto, tanta desolación?, dudo que los tapatíos, con toda nuestra tradición de amor al árbol podamos sentirnos orgullosos de una ciudad sin vida.

Guadalajara ha mejorado, lentamente, su infraestructura turística, sobre todo en hotelería y restaurantes, algo también se ha hecho con el patrimonio. Pero en cuestión de infraestructura de apoyo es insignificante la mejoría. Y en lo que ahora tratamos, no existen rutas definidas y preferentes para el peatón, que además, tengan jardines, remansos de descanso; que sean amables al ciudadano, al turista o al visitante, que recorre, que camina la ciudad.

Es casi inaudito, y del todo lamentable, que una ciudad como Guadalajara no tenga ningún programa efectivo, radical y real para dotar, por lo menos a su zona central, de más áreas verdes.

Es el momento de reconocer que la apuesta por la hiperurbanización solo nos ha ido arrebatando la vida urbana. Y que las ciudades donde no se promueve y respeta la vida en todas sus acepciones, no puede engendrar ciudadanos que la respeten, es imprescindible revertir la apuesta por la hiperurbanización, pero no sólo con vistas a lo que ahora se está haciendo y se hará, sino sobre todo en lo que ya se ha hecho mal, al daño que aqueja y lacera a nuestra ciudad.

En las entregas siguientes intentaremos ir desarrollando el reconocimiento de la necesidad del espacio verde urbano desde diferentes perspectivas que abonen a la mejor comprensión de todo lo que ganamos cuando ganamos parques, plazas, jardines, camellones arbolados.

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