La calle es la frontera entre países en guerra.

Publicado en TAPATIO, suplemento del periódico EL INFORMADOR. Guadalajara, Jalisco. México 2008

Por: Álvaro Morales

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La separación entre el espacio público y el privado no es sólo un hecho tangible, físico, es de igual manera un hecho simbólico, semántico y lingüístico. Hemos asignado a la calle una serie de valores y sentidos que la explican desde el refranero popular, desde el lugar común y la frase hecha y que por lo mismo reflejan una percepción compartida. De tal manera una mujer de la calle es una mujer pública, de todos, abierta a la ciudad, pero cerrada a sus ciudadanos en el ámbito privado, en el ámbito del hogar. En contraposición una persona hogareña es alguien que hace su vida en privado, que conserva vínculos con el exterior, pero que fundamentalmente lleva una vida dedicada a su familia, a su hogar, al espacio doméstico y cerrado al exterior, a la calle. Un hombre callejero jamás podría suponerse como un ejemplo de virtud, así como un perro callejero implica la impureza, el no tener orígenes, el ser público, pero también el no tener dueño. La calle, lo público puede ser una metáfora de la libertad. El espacio público es el espacio de todos y por lo mismo de nadie, es la manifestación espacial de nosotros mismos pero a la vez no es ajeno. La calle es el lugar de corrupción, el encuentro con lo prohibido, con el peligro, con lo desconocido, con la intemperie. Pero también resguarda en sí un aprendizaje; me eduque en la calle, es sinónimo de una educación dura, de libertad, es la metáfora de la autoformación, del hacerse a sí mismo, del haberte construido una personalidad en las situaciones más adversas y en la soledad.

La casa es en cambio el lugar del resguardo, el lugar al que siempre se vuelve cuando se necesita volver a alguna referencia de tu pasado que te devuelva la seguridad. Cuando regresas de un viaje a tu país, a tu ciudad, vuelves a tu casa, entonces, sólo en ese recuerdo idílico casa-ciudad-país es lo mismo. Para demostrar que te encuentras bien, a tu anchas, en algún lugar dices que estas como en casa, que te sientes en casa, que es del todo diferente a cuando te sientes en la calle, que es como estar perdido.

La casa también es la familia, me saludas a todos por casa, ¿cómo están en tu casa?, y eso se refiere a toda tu familia, aunque ya no compartan el mismo techo. La casa y la calle se comunican por puertas y ventanas, por balcones y terrazas, la casa y la calle hablan un mismo idioma en dos distintos continentes, con dos contenidos distintos. La necesidad del hombre hace la calle y separa la casa de las otras casas, unidas por la calle. La calle somos nosotros, el umbral que separa y une simultáneamente.

Ser un niño de la calle es ser un desterrado, un error de esta sociedad, una herida colectiva, es un golpe de realidad saliendo del mundo idílico del hogar, del calor, la calle es fría y está poblada de asechanzas. La calle es el mundo real, la crueldad, los niños pidiendo limosna, los niños de nadie que nos confrontan a todos.

La calle es también el poder, el espacio de disputa por la dominación del territorio, la calle es la frontera entre países en guerra, el río desbordado en la tormenta, quien sea dueño de la calle es el dueño de todos sus habitantes. Los vecinos están tejidos en la trama de una ciudad, los ciudadanos se unen entre ellos por la calle, cuando los vecinos toman la calle ellos son los dueños de la ciudad, de su espacio y de su vida, echarse a la calle es manifestar la democracia, ganar la calle es ganar el flujo del propio destino y la posibilidad de revertirlo, cuando la gente sale a la calle y se manifiesta y opina la ciudad gana, la calle sin gente es la derrota de la ciudad.

Cuando estas desolado, muerto de hambre y sin un peso, cuando estas peor es cuando estas en la calle. Cuando la tragedia el abatimiento y la mala fortuna te siguen estas por la calle de la amargura. La calle es entonces el reflejo del infortunio, el lugar del desamparo y la más solitaria soledad.

No se puede salir a la calle, cuando la calle es el lugar del dolor urbano, del miedo colectivo, cuando la calle está ganada por la policía que nos defiende, cuando a la justicia se la sigan llevando de calle. No se puede ser callejero hasta que no le devolvamos a la calle y al espacio público su valor de escenario colectivo para las múltiples representaciones, hasta que la gente no vuelva a salir al parque, porque es su parque, hasta que la violencia no se vaya cuando recuperemos la ciudad. Volveremos a callejear, a callejonear, cuando sepamos que la manera de disminuir la inseguridad es aumentando la vida urbana, que son los lugares menos concurridos los más peligrosos y cuando recuperemos la calle veremos que la gente misma actúa como vigilante informal de un espacio socializado.

Porque no importa quienes seamos la calle es nuestro origen y nuestro destino como seres urbanos.