ELADIO DIESTE
INGENIERÍA Y MAGIA COMO VERDADERAS ALIADAS
(Artigas 1917-Montevideo 2000)

Publicado en TAPATIO, suplemento del periódico EL INFORMADOR. Guadalajara, Jalisco.
México 2008.

Por: Álvaro Morales

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De los grandes arquitectos que fallecieron en ese indefinible año 2000, duele mucho, a nivel internacional, la temprana muerte del joven y original creador catalán Enric Miralles, duele también la perdida de un consumado como Sáenz de Oíza, o la de uno de los five, del iconoclasta aislado John Hejduk. A nivel local, duele la perdida de gente tan querida, tan determinante y generosa con su conocimiento como Gonzalo Villa Chávez o Alejandro Zhon, al cual debemos el que es sin duda, uno de los mejores edificios tapatíos de la segunda mitad del siglo XX; el Mercado Libertad, que desde ninguna lógica y bajo ningún argumento puede ser jamás derribado.

Y por muchos motivos duele, mucho, la perdida del maestro uruguayo Eladio Dieste. Dieste fue, junto con Oscar Niemeyer, Carlos Raúl Villanueva, Clorindo Testa, Luis Barragán, Rogelio Salmona, Lucio Costa, Emilio Duhart y pocos más, uno los forjadores de la nueva arquitectura latinoamericana, uno de los verdaderos maestros. Era un creador necesario, imprescindible, por eso duele tanto su muerte, porque es un insustituible, un individuo que al morir él, se extingue una especie. Con Dieste pasa lo que pasa con los grandes arquitectos como Gaudí o Luis Barragán, que no pueden tener discípulos verdaderos. Seguirles significaría cuando menos, saber lo que sabían estos y tener la misma sensibilidad. Es por tanto el trabajo de Dieste, una obra que por suerte no puede tener imitadores, no puede ser banalizada.

Y nos duele que ya no esté, porque va a hacer mucha falta en este tiempo en que la arquitectura se ha consolidado más como forma que como lógica constructiva; en que los productos son el resultado de una pretensión formal recubierta con algún material interesante, en que al edificio se le envuelve como si diera vergüenza mostrar la estructura que le soporta.

En las obras de Dieste se da una admirable coherencia entre estructura, espacio y envoltura, entre esqueleto cavidad y piel. En contraposición, y tomando como ejemplo de nueva arquitectura exitosa al museo Guggenheim de Bilbao, tenemos un edificio en que el espacio nos habla, nos dice algo, pero la estructura nos miente en otro idioma y la piel grita sobre otra realidad, no existe unidad es claro, pero tampoco intercambio; ni siquiera una contradicción dialogante. Son más bien partes que no se hablan, no se miran, no se buscan entender, ni que las entendamos. Las obras del maestro uruguayo, en cambio, logran un texto, un discurso múltiple como la realidad, pero sólido. Se entienden como una unidad discursiva, son legibles, apropiables. El mismo Dieste lo planteaba: “Parte del desasosiego moderno se debe a la ausencia de expresividad legítima; a que nos rodean cosas con un hermetismo que es la negación de lo que supondría la fraternidad que damos por supuesta y que naturalmente debería leerse en la obra del hombre en el espacio”.Y esta consistencia en la obra de Dieste es la resultante de que “es un técnico profundamente interesado en la belleza, pero sólo a condición de que esté vinculada a la vida, de que forme parte de los escenarios cotidianos del hombre”, como se expone en la editorial de la revista Documents Projectes Arquitectura No 15, publicada por el Departamento de Proyectos de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Cataluña.

Y es también una pérdida por que Dieste era uno de los pocos arquitectos que construía formas con materiales, que unía al ladrillo con la poesía. Que demostró a través de sus obras, que un espacio es la manera en que esta hecho. Que no sólo hay que apostarle a la estética por si misma ni bombardear sólo a la percepción, sino también a la inteligencia, al discernimiento, al sentido del equilibrio. En la editorial antes citada amplían y desbordan esta idea: “Desde el punto de vista de la materialidad, el ladrillo constituye la base del trabajo de Dieste. Pero en sus construcciones se produce una especie de inversión del orden tectónico convencionalmente aceptado, como si en cierta medida fuera posible eludir los dictados de la ley de la gravedad y lograr que la materia flotase ingrávida en el espacio. En algunos de sus edificios resulta incluso difícil percibir el modo en que éstos se sustentan. Estamos sin duda ante una construcción técnica, pero también ante una construcción mágica. Dieste logra que ingeniería y magia en lugar de actuar como fuerzas opuestas o contradictorias, se comporten como verdaderas aliadas”. Por eso creemos que Eladio Dieste era de los pocos privilegiados que sabían construir edificios y emociones, que sabía cubrir un gran claro y susurrarnos luz, ya que no sólo era un creador de prodigios técnicos, sino también de prodigios estéticos.

Su paso por la arquitectura fue como el paso de un viento fuerte y fresco, un viento inédito que onduló las formas clásicas en muros y cubiertas, que le confirió al espacio otro significado, le dotó de otra extensión simbólica, le dio otra dimensión física al protegerla con un manto nuevo. Dieste introduce al viento como artesano de la obra, al mar como configurador de los perfiles; pone al ladrillo en movimiento perpetuo, logrando una obra “audaz pero serena”, como el mismo la definía.

Destacable también es el hecho de que Dieste sea de los pocos artistas en que su obra es fiel a sus palabras, que su discurso textual y su discurso espacial son coherentes. Era un pensador y teórico lucido, preocupado por cuestiones tan trascendentes como “la racionalidad constructiva, por la economía, entendida esta en un sentido, me atrevería a decir, cósmico, no financiero”. Este es el sentido que hoy día se pretende dar a la economía desde la perspectiva de la ecología y el desarrollo sustentable. Y por tanto es tal y como lo subraya Luis Fernández Galiano: “el éxito técnico, económico y estético de sus bóvedas de doble curvatura y sus láminas plegadas tiene sin duda fundamento teórico; pero un fundamento que se sitúa más bien en el terreno de la convicciones intelectuales y morales”.

Dieste buscó la arquitectura donde siempre ha estado: en lo esencial, en la lógica del material para cubrir con belleza una necesidad humana. Era un arquitecto humilde que trabajaba con el más humilde de los materiales, en un pequeño país del “tercer mundo”, quizá por eso no tuvo el éxito que su genio merecía aunque, llegó a cubrir con sus metáforas lúdicas más de un millón de metros cuadrados.

En España, poco antes de morir, se inició una valoración de su obra, se han hecho exposiciones, homenajes y varias publicaciones, las más interesantes, sin duda, las realizadas por la junta de Andalucía. Se llegó incluso a pedirle una extraña y sorprendente obra para la Universidad de Alcalá de Henares; el techado de un camino de estudiantes, que actualmente está detenida en su construcción y que Dieste diseño en base a 52 cubiertas en balancín de 30 mts cada, una voladas sobre dos únicos pilares, provocando una sorprendente sensación de suspensión y 3 glorietas troncocónicas de 25 mts de diámetro en la base. Es cierto también, que toleró réplicas sin sentido de algunas de sus mejores obras en España.

Eladio Dieste nos dejó varios regalos: sus edificios techados con la ingeniosa bóveda gausa en forma de diente de sierra, en el depósito Julio Herrera y Obes en Montevideo, o en la factoría TEM cubriendo una luz de 43 m. con láminas de 12cm de espesor. También nos dejó un impresionante legado de bóvedas autoportantes, como los 10,000 m2 de cáscaras de directriz catenaria precomprimidas construidas en Agroindustrias Massaro, en el departamento de Canelones en Uruguay, o la Estación de Autobuses en Salto, con sus bóveda autoportantes de doble volado con 13.5 m a cada lado y apoyada en una sola fila de pilares.

Por esto es que Luis Fernández Galiano no duda al afirmar que “Las cáscaras cerámicas de Dieste cubren fábricas, mercados o templos con superficies ondulantes, luminosas y cálidas que salvan distancias improbables: la reunión del ladrillo y el acero en la cerámica armada engendra una familia insólita y seductora de formas surréales y sensatas”. Dieste fue de los pocos constructores capaces de regalarnos milagros de belleza estructural, como en el rosetón de cerámica armada de la iglesia de San Pedro en Durazno, que sirve de lucernario y remate de un magnifico espacio en donde la cubierta de la nave central es una lámina plegada y pretensada de ladrillo armado de 8 cm de espesor y 32 m de luz. O la que es quizá su obra más conocida y más sublime, la Iglesia de Atlántida, donde el arquitecto se nos muestra como un deslumbrante organizador de ladrillos; como si les engarzara hábilmente en hiladas como frases para entregarnos un poema edificado y edificante. Esta obra es la luz y el reflejo en la prodigalidad escultórica de sus cubiertas marinas y sus muros reglados.

Dieste nos regalo antes de irse varias lecciones, destaca una de la que es fundamental no olvidarse: “La conciencia de la dignidad y del valor del hombre y de su misión de humanizar la tierra, de hacer realmente de ella su morada”.