EL ESPACIO Y EL VOLÚMEN

Arquitectura y escultura

Por: Álvaro Morales

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Todos los arquitectos tiene algo de escultores, todos los escultores tienen algo de arquitectos. Esta sentencia no deja de tener razón. Ambos, escultores y arquitectos tienen como objeto de trabajo los volúmenes tridimensionales y el vació. Quizás lo que en otro tiempos los diferenciaba era en dónde estaba el énfasis de cada profesión, mientras el escultor trabaja preferencialmente con el volumen, es decir con el envolvente, el arquitecto lo hace desde el espacio, desde lo que resulta envuelto. De tal manera el arquitecto esencialmente concibe sus obras del adentro hacia fuera, a diferencia del escultor que lo hace del afuera hacia adentro. Será a principios del siglo XX y, desde mi perspectiva, con el culto al vacío de Kasimir Malevich y el trabajo de los rusos Vladimir Tatlin, Konstantin Melnikov, Alexander Ródchenko cuando desde la arquitectura se da un acercamiento decisivo a la escultura, baste recordar el memorable monumento a la Tercera Internacional, datado en 1919-­‐1920 y que tristemente no se llegó a construir. Desde la escultura este acercamiento se dará con el advenimiento del arte abstracto. Hoy en día, como en tantas otras artes, los límites resultan mas difusos, menos perceptibles, el trabajo de Frank Ghery, Daniel Libeskind, Rem Koolhaas, Foreign office, Nox, Shuei Endo, Peter Eisenman, MVRDV, entre otros, dan buena muestra de ello, de igual manera escultores como Jorge Pardo, Rahm, Casagrande & Rintala, The Next Enterprise, Watanabe o West 8, Richard Serra crean esculturas como espacios, desde el adentro. Ya en su momento el mismo Le corbusier, tiene obras decididamente escultóricas como el convento Sainte Marie de la Tourette o la capilla de Nuestra Señora de las Alturas en Ronchamp, e inclusive su manera de entender la arquitectura como “el juego sabio y magnifico de los volúmenes bajo la luz” es mucho mas una definición de escultura que de arquitectura, porque recordemos que la arquitectura es espacio. Por otro lado el escultor Eduardo Chillida, que curiosamente estudió arquitectura y fue portero del Real Sociedad de San Sebastián, se autodefinía como “arquitecto del vacío”, su obra ha tenido un gran ascendente en el hacer de muchos arquitectos y ha sido reconocida su influencia por maestros de la talla de Zumthor en las Termas de Vals en Suiza, Navarro Baldeweg en el Palacio de Congresos de Salamanca o en muchas de las obras de Campo Baeza. Chillida pensaba que “la masa existe gracias al vacío y el vacío existe gracias a la masa”. Esta idea que de alguna manera ubica su trabajo en ese límite indefinible de la arquitectura escultórica o de la escultura arquitectónica será finalmente el eje en que coinciden ambas artes. Chillida en colaboración con el arquitecto Luís Peña Ganchegui realizó dos memorables espacios de características esencialmente escultóricas; la Plaza de los Fueros en Vitoria (Gasteiz) y el Peine de los Vientos en San Sebastián que resultan toda una lección para escultores y para arquitectos, aunque es una lástima que la gran obra de su vida, y quizá la más arquitectónica, la que conjugaría todo lo que anteriormente comentábamos y que se concebía negando el peso de lo evidente en la montaña de Tindaya, y rindiendo un sentido homenaje a un sólido estableciendo un vacío, no se realizará jamás.

El arquitecto es el único ser que puede habitar su fantasía. Este milagro, este gran compromiso que era exclusividad casi irrestricta de los alarifes es compartida hoy día también por algunos escultores, sobre todo aquellos que centran su trabajo en la obra urbana o en la llamada escultura utilitaria. En Guadalajara tenemos la fortuna de contar con depuradas muestras, sobre todo en lo referente a la escultura urbana que toma de la mano lo arquitectónico como es el caso de Mathías Goeritz con entrañables ejemplos donde resulta imposible no resaltar el extraordinario Espacio Escultórico de la UNAM, realizado en equipo con Federico Silva, Manuel Felguérez, Helen Escobedo, y Sebastián, dónde lo que se funde es el paisaje, el espacio y la escultura de una manera soberbia y sin precedentes en el arte hasta esa época. En nuestra ciudad tenemos de su autoría y por encargo del arquitecto Luís Barragán el Pájaro amarillo de Jardines del Bosque. En esa misma y prolífica tradición, está el trabajo del arquitecto y escultor Fernando González Gortázar en obras tan imprescindibles como la Gran Puerta, el ingreso al Parque González Gallo, la Plaza Fuente de la Unidad Administrativa, o el ya fatalmente destruido Cementerio del Sur, de quien a propósito del tema que nos ocupa, escribí para el catálogo de una muestra retrospectiva llamada Fernando González Gortázar: Arquitectura y Escultura 1965-­2001 y presentada en la Fundación Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid un texto llamado El dominio del límite dónde proponía que “la obra de Fernando González Gortázar se ubica entre la tensión que define sus afanes. Y no sólo la tensión, ya de por sí compleja, entre lo escultórico y lo arquitectónico, dónde parecería que la escultura actúa como vanguardia de experimentaciones conceptuales y formales que luego encontrarán en la arquitectura un lenguaje espacial”. Y esto sirve para ejemplificar lo que me parece fundamental en el tema: resulta muy difícil y, en verdad creo que no tiene ningún sentido, saber dónde empieza una y termina otra, creo mas bien que la arquitectura y la escultura tienen campos compartidos, se basan en lenguajes similares, parten de la misma sensibilidad, de la misma lógica, de la misma inteligencia que los teóricos modernos del tema han dado en llamar la inteligencia visual espacial. Trabajan con gestos y herramientas afines, sus búsquedas se rozan y complementan, sus afanes se posan sobre la misma atalaya desde la cual ven el quehacer de similar manera. Se coquetean, se atraen, juegan un juego de seducción sublime y en ocasiones se funden dando a luz obras dónde resulta casi imposible saber si se trata de una escultura o un espacio arquitectónico y finalmente esto es lo menos importante si la obra cumple con su función y es capaz de sublimar nuestro espíritu.