LA METÁFORA COLECTIVA

METODOLOGÍA PARTICIPADA EN LA ARQUITECTURA Y EL URBANISMO

Por: ALVARO SALVADOR MORALES HERNÁNDEZ

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A MANERA DE INTRODUCCIÓN

Como en tantas otras actividades en que el profesional ha venido sustituyendo al usuario, en la arquitectura y en el urbanismo, se le ha suplantado como configurador de su entorno. Las metodologías clásicas han pretendido ser mas científicas en tanto mas se alejaban del fenómeno (entiéndase gente, medio natural, medio transformado) y con esto el habitante cada día se reconoce menos en su espacio privado, en sus espacios públicos, en su ciudad.

Las técnicas cuantitativas han sido por mucho la fuente de información básica que avala los proyectos en el área de arquitectura y urbanismo, de esta manera las ciudades, los espacios públicos y los privados van configurándose conforme a una rigurosa documentación de orden numérica, las ciudades que habitamos, los espacios donde socializamos, donde somos, son el producto de la interpretación de unos números, mas o menos fiables, mas o menos científicos por parte de los especialistas.

Pero al final de cuentas un arte para el hombre, como lo es la arquitectura, tiene en este caso su fundamento en cifras, o en la genial invención de un demiurgo que de estos números hace una pócima constructora del hábitat ideal.

Quienes han trabajado un poco por la línea de la arquitectura popular, se sienten mas seguros de sus propuestas porque ellos saben y manejan, de manera mas intuitiva que rigurosa, de técnicas cualitativas y desde la escasa perspectiva social de un arquitecto tradicional se diseñan los espacios en base a lo que platicaron con la gente, a lo que la gente les dijo en entrevistas a profundidad, en grupos de discusión, en talleres sobre la casa y la ciudad, estos profesionales tienen la seguridad de estar haciendo las cosas como la gente lo quiere. El adoptar técnicas cualitativas, independientemente de los métodos y prácticas, resulta ya un avance cualitativo.

Pero en términos reales es el técnico quien, desde diferentes métodos, creyendo conocer la realidad hace las propuestas. Alguacil y Montañés (1999) lo explican de esta manera: “el problema se presenta cuando, desde cierta prepotencia intelectual, se entiende que lo que uno ve es lo que es, o lo que todo mundo ve, que, ni siquiera como hipótesis, se plantea la polisemia que contienen los diseños elaborados por los profesionales del urbanismo. Se llegará a decir que un diseño urbanístico podrá gustar más o no, pero lo que el técnico ve es lo que todos ven. Desde esta concepción, es habitual que se deje únicamente en manos de los técnicos profesionales del urbanismo la interpretación de las necesidades y deseos paisajísticos de la población”.

Si creemos al afirmar que la arquitectura es la articulación espacial de un sistema de símbolos, veremos que aun estamos lejos de, mediante la investigación cuantitativa o cualitativa, poder saber cuáles y como son interpretados esos símbolos que se tienen que conocer, definir y articular en algo que sea espacio.

El arquitecto trabaja como materia fundamental el espacio, como para el escritor es el lenguaje, pero como cualquier artista, trabaja en base a sentimientos, a anhelos, a emociones, a sueños, que se expresan a través de símbolos; los sueños no son asibles, los símbolos o metáforas que le representan mejor si.

De que manera podemos acercarnos, de que manera podemos interpretar esos símbolos, como es que el profesional del espacio puede, en palabras del arquitecto José Villagrán García, construir la morada integral del hombre, entendiendo como integral la adecuación de la morada a la diversa complejidad de los seres humanos que la habitaran.

En esta época que enarbola como su elemento definitorio a la información global, la accesibilidad a todo el conocimiento y el internet como la manera de ser y estar en cualquier lugar del mundo, vemos que contra mas información menos conocimiento, en palabras de Josep María Botey (1999) “disponemos de tanta información, o creemos disponer de tanta información y tener acceso a tanta otra, que, sin darnos cuenta nos convertimos en seres absurdos y soberbios. Esto aún tendría una salida posible, pero lo que no vemos o no


queremos ver es que toda o casi toda esta información es superficial, hasta el punto de que solo nos crea en el subconsciente vacío e insatisfacción”.

La intención es entonces establecer formas alternativas de construir información de manera participada, que cambien datos por sentidos, números por sueños, textos por contextos, certezas por contradicciones, sabiendo que“las viejas certezas se pusieron en duda y lo natural ya no fue tanto. Los fundamentos indubitables comenzaron a resquebrajarse. Hoy, las construcciones conceptuales que se creían imperecederas muestran signos de profunda descomposición” (D. Najmanovich, 1995).

De tal forma nos aventuramos en la idea de que la metodología de Investigación Acción Participativa puede ser la manera en que el arquitecto interesado acceda a las metáforas y los símbolos que toda persona lleva en sí y que le son necesarios en la apropiación individual y colectiva del espacio, desde una metodología que incorpore el saber y el sentir sin pretender llegar a una verdad.

El interés de la presente investigación tiene por tanto como objeto, presentar un acercamiento a una metodología adecuada para los proyectos de urbanismo y arquitectura, que sin dejar de lado lo que pueden aportar la investigación cuantitativa y la cualitativa, se desarrolle a partir de la Investigación Acción Participativa.


APROXIMACIONES COMPARATIVAS A LAS DIFERENTES METODOLOGÍAS DE INVESTIGACIÓN SOCIAL

Las metodologías de investigación en la transformación del hábitat, además de ser poco solicitadas por los profesionales, se llevan a cabo mal y tarde, así vemos que a decir de I. Sánchez de Mandariaga (1999) “La preponderancia alcanzada por la cuantificación en los años sesenta ha cedido paso a una utilización más cautelosa de los datos y a una mayor conciencia de sus limitaciones, especialmente a la hora de analizar hechos no mesurables”. Pero esto no ha significado que en las investigaciones se integren las visones de la población, no significa que nos hayamos dado cuenta que al darle mayor importancia a lo cuantificable, por su pretendida objetividad, sobre lo cualitativo, que al intentar explicárnoslo todo, desde las estrellas hasta el alma, hemos diseccionado el mundo menospreciando lo no mesurable, de tal manera las emociones, la belleza, lo ético, los olores, las esperanzas, la ternura, la luz, quedan fuera de nuestros análisis.

No se puede pretender hacer arquitectura, arquitectura de las emociones, sin tomar en cuenta todo lo anterior, es decir sin contar con los hombres y mujeres; sus motivaciones y pulsiones más vitales, y sin platearnos que el sujeto y su mundo no son entes abstractos e inanimados, sino portadores de una carga emotiva, simbólica, cultural, valoral, vivencial, pasional y vital que los posibilita como creadores, como forjadores de su propio entorno cargado de su noción de belleza.

Lo que resulta evidente en cualquier repaso, por somero que este sea, de la historia de la metodología es que como en todas las conceptualizaciones humanas son el resultado de la visión del mundo que ese mundo tenía y que a pesar de ser aun hoy en día útiles no son suficientes, y de ser liberadoras en el momento que surgen, se convierten en limitantes cuando no en verdaderas dictaduras que pasan por rasero la gran diversidad de que somos capaces.

Por eso, y aquí situamos la gran oportunidad que nos brindan las metodologías participativas, “de afirmar la posibilidad de un conocimiento absoluto, verdadero objetivo y universal pasamos a afirmar el perspectivismo, la no separabilidad absoluta del observador y lo observado, la íntima ligazón entre la teoría, la acción, la emoción y los valores” (D.Najmanovich, 1995). Por lo mismo veremos a la metodología como un marco, abierto siempre, desde el cual posicionarnos y explotar sus límites, y sobre todo en el entendido de que ahora debemos ubicar a la metodología al servicio del sujeto, en beneficio de un conocimiento más cercano a la pasión, a las percepciones y las motivaciones, porque además es lo que nos corresponde históricamente; superar una visión que se basó en los conocimientos objetivos y supuestamente científicos eliminado lo subjetivo, lo no mesurable como algo indigno de los avances de la orgullosa sociedad moderna.

Por tanto nos resulta imprescindible abrir nuestras metodologías y con ellas nuestros procesos a un posicionamiento menos rígido y excluyente trascendiendo una visión que resulta ahora bastante parcial y simplista en donde lo que se conoce como objetividad no es mas que el resultado de un proceso nada inocente de estandarización, de la imposición de verdades para todos.

Incluyamos en nuestra manera de abordar el fenómeno de transformación del hábitat una nueva lógica desde una “transformación conceptual que viene de la mano de una nueva metáfora como la del universo como red o entramado de relaciones y los individuos como nodos de esa red” (D.Najmanovich, 1995), ya que mediante lo metafórico y esta noción del universo-red puede intentar dársele sentido a lo complejo humano.

Sin pretender ser exhaustivos, ni llenarnos de información, pero si con la intención de establecer diferencias sustantivas entre las diversas características y posibilidades que se presentan entre las metodologías más comunes es decir entre la Cuantitativa, la Cualitativa y entre la que pretendemos introducir conocida como la Investigación Acción Participativa o Praxiología hemos elaborado una serie de cuadros comparativos que desde diferentes aspectos que nos parecen fundamentales, definen a estas formas de construir información.

Igualmente no es la intención deslegitimizar ninguna metodología perse, ya que “el análisis cualitativo es necesario para comprender y explicar aquellos aspectos de los hechos urbanos que no son susceptibles de análisis cuantitativo: ambos tipos de análisis se complementan. El enfoque cualitativo-que


utiliza técnicas empíricas como los grupos de discusión, las entrevistas y las historias de vida-responde a la dimensión simbólica de la interacción social, a las significaciones culturales, a las orientaciones ideológicas subyacentes que estructura el discurso y a la interpretación de las motivaciones”. (I. Sánchez de Madariaga, 1999).

Podemos afirmar que nos mueve más el deseo de encuadrar cada método en las posibilidades y alcances que le vemos y, de manera definitiva, aportar una manera de realizar investigaciones que se aproximen mas al hombre en su medio y sabiendo del riesgo que implica el metodologizarnos, es decir que “nuestras metodologías de acción en ocasiones sucumben al juego fáctico de los instituidos razonables que opacan la capacidad de creación de las redes sociales. Como aprendices de brujo corremos el riesgo de ser instrumentalizados por nuestras propias herramientas” (S. Navarro Pedreño, 1999), pero conociendo que en los trabajos realizados para la transformación del hábitat ha sido mas común la aplicación demasiado alegre de metodologías demasiados pobres, o el sustituir cualquier intento de implementar procesos rigurosos por procesos de caja negra más cercanos a la idea del artista y lejanos del servicio a la sociedad, más próximos al arquitecto-dios, creador del universo sin mas método que su poder y su infalible sensibilidad.

Por considerarla mas adecuada y esclarecedora emplearemos la terminología, y por lo mismo la conceptualización, utilizada por Jesús Ibáñez al llamar metodología Distributiva a la conocida como Cuantitativa, Estructural a la Cualitativa y siguiendo a Tomás R. Villasante, Implicativa a la Investigación Acción Participativa.

Para la elaboración de este análisis comparativo partimos de una idea de Alfonso Ortí en que relaciona la metodología cuantitativa o distributiva como proveedora de señales, partiendo de que “toda cultura está formada por conjuntos preformados de señales” (Bonte, P Y Izard, M, 1996), a la cualitativa o estructural como la manera de obtener signos, sabiendo que “las palabras y los signos sólo adquieren sentido por las relaciones que los asocian entre sí y que a su vez mantienen relaciones productoras de sentido”. (Bonte, P Y Izard, M, 1996) y a la participada para encontrar símbolos, entendiéndose como el “proceso constitutivo del estado de cultura que es la atribución de sentido al mundo” (Bonte, P Y Izard, M, 1996).


Dado que la arquitectura, como ya lo hemos dicho, queremos entenderla como la articulación espacial de un determinado sistema de símbolos, y que apostamos a que “se puede por lo tanto hablar de una antropología del espacio en la que el espacio, la superficie, el territorio depende de una semántica que nos revela lo social y nos es revelad por él”. (Bonte, P Y Izard, M, 1996), los cuadros comparativos mucho tendrán que ver con esta perspectiva, ya que finalmente, el eje central de nuestra propuesta consiste en la construcción conjunta de la metáfora colectiva y que partimos de que en busca de una manera más coherente y apropiada de transformación del hábitat, el ciudadano de a pie, de la calle, cada vez tiene más que decir y debe ser mejor oído, ya que nos es imposible pensar en un producto arquitectónico o urbano consecuente sin tener en cuenta que “una sociedad construye el espacio que ocupa; en función de determinaciones que van desde criterios de uso hasta sus sistemas de representación del mundo, lo explota, lo transforma, lo modela”. (Bonte, P Y Izard, M, 1996).