El universo es, en fin, como una gran ciudad

Publicado en TAPATIO, suplemento del periódico EL INFORMADOR. Guadalajara, Jalisco.
México 2008.

Por: Álvaro Morales

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La ciudad es intrínsecamente, por definición, caótica. Es parte de su esencia, de su íntima configuración. Por lo mismo resulta al menos absurdo, concebirla desde el orden, pensar desde la pomposa posibilidad del Ordenamiento Urbano. Pero primero es importante reconocer que la noción de caos, no se debe percibir de manera peyorativa, más bien es entender que todo en el universo funciona a partir del caos. El universo es, en fin, como una gran ciudad, para usar una comparación de Prigogine que viene completamente al caso; como en esta reina el orden y el desorden, hay bellas estructuras arquitectónicas, pero también embotellamientos de tráfico. La mayor parte de la realidad no es ordenada sigue Prigogine, ni estable ni equilibrada, sino que bulle con el cambio, el desorden, el azar, aunque es capaz de generar estructuras y ordenamientos no aleatorios. Pero esto no es perjudicial, dejemos de verlo como algo negativo.

Es quizá la manera en que se da ese caos lo que define y significa a cada una de las ciudades, es tal vez su caracterización dentro de la inmensidad de variables y relaciones caóticas lo que nos hace hablar de una determinada manera de ciudades como Bankog, Londres, Buenos Aires, Marrakech, Guadalajara, Estambul, Sydney, Madrid o Estocolmo, de recordarla en su especificidad inexplicable. Cuando se deambula por la ciudad de México no deja de maravillarnos que ese inmenso y aparentemente caótico nudo de coches, gente, perros, edificios, calles, árboles trespeleques, cables, vendedores ambulantes, bicicletas, motos, autobuses, humo y baches funcione, es ineludible cuando te insertas en esta confusión pensar en aquella legendaria sentencia de Galileo “ y, sin embargo, se mueve”.

Por otro lado Brasilia, nacida literalmente de la nada, con todo y su maravillosa arquitectura, su insuperable diseño paisajístico y, su irreprochable buena intención, es la mejor demostración de que una ciudad planificada es una ciudad destinada en el mejor de los casos al caos y, en el peor, al mortal aburrimiento. Pero esta es una lección de 1956 y aun no queremos aprenderla; hoy todavía se confía ciegamente en la Planificación Urbana como el modelo para prevenirnos del caos.

Y si el caos en inevitablemente parte del universo y de las ciudades, entonces porque partir del erróneo principio de que es posible planificarlas, controlarlas, definirlas de antemano, parecería mas sensato en ese sentido tratar de concertar el caos, administrar la anarquía, trazar líneas generales para la incoherencia y, si el afán es dejar mas tranquilas las conciencias de urbanistas y autoridades, entonces quizá también valga la pena hacer el intento de tener principios mas que normas. Pero es evidente que tenemos que avanzar a nuevas maneras de construir marcos comunes a los cuales nos avengamos todos los ciudadanos, cambiar la perspectiva, la plataforma misma de partida llevará a evolucionar la estructura y hasta los productos en esta lógica del caos, que no es de ninguna manera un concepto contradictorio; sí es posible devenir en encontrar las pautas necesarias y operativas dentro de dinámicas caóticas, se hace en economía, se hace en política, hasta en la matemáticas y la geometría fractálica, porque no impulsarlo para el estudio y las propuestas urbanas.

La ciudad es caótica porque es diversa, porque es compleja, porque es mutante, porque es inestable y enérgica, porque esta viva y en ella transcurre la vida. Aldo Rossi menciona que “el proceso dinámico de la ciudad tiende mas a la evolución que a la conservación”. De tal manera no podemos ni debemos esperar mucho de la planeación que, además en la práctica, ha demostrado cuan ajena esta de la realidad de los fenómenos urbanos y, más esta añeja y arbitraria planeación bidimensional que pretende ordenar las ciudades que son orgánicamente tridimensionales. Esta planeación cerrada y reductiva donde solo existe esa posibilidad de apertura -tan parecida al limbo- llamado uso mixto, que en la realidad depende mas del criterio del dependiente que te toque en ventanilla, que de un modelo de ciudad o una visión realista de los fenómenos urbanos. Aún con la exorbitante cantidad de planes y ordenamientos que tenemos y hemos tenido, la ciudad es un verdadero galimatías, las buenas voluntades de sapientes y estudiosos planificadores no ha reducido el desbarajuste. Finalmente la idea es partir de principios mas cercanos a la realidad para que la ciudad y sus planes se parezcan al menos un poco.

Es tal la proliferación insensata y ampulosa de reglamentos para construcción que ahora en cualquier fraccionamiento o, coto como pretenciosamente se les prefiere llamar, te dan un legajo con un montón de restricciones por demás sin sentido que lo único que hacen es homogenizar el desatino, la necedad. Por ejemplo, el de imponer grandes porcentajes de techos inclinados con el único y fatuo afán de parecernos a ciudades que nos somos. Y de todas maneras, aun con toda la planeación y todos los reglamentos el caos se aparece.

Cada día se imponen mas claramente los principios a seguir, los axiomas apremiantes en esta lógica del caos, es decir: a esta ciudad le sobran murallas y le faltan árboles, le sobran centros comerciales y le faltan espacios públicos, le sobran habitantes y le faltan ciudadanos, le sobra crítica y le falta acción, le sobra humo y le faltan estrellas. Tenemos una gran cantidad de leyes pero nos faltan criterios, de hecho normalmente se acude a la norma cuando faltan los argumentos, las legislaciones no son mas que un conjunto de reglas cerradas, que no permiten la discusión, donde ni siquiera la realidad importa. Tenemos demasiada burocracia que atenaza las acciones, Jaime Lerner el famoso acupunturista urbano y artífice del gran cambio de Curitiba sentencia “evitar la propia burocracia.” Y el mismo Lerner nos brinda esta idea “hay una visión muy pesimista de las ciudades. La mayoría piensa que las de más de cinco millones de habitantes o que no tienen recursos no tienen solución. Y cuando se proyecta la tragedia, se encuentra”, es otro principio básico, las ciudades como Guadalajara no están condenadas, tienen grandes posibilidades de encontrar y operar soluciones desde su mismo caos, desde sus mismas condiciones que a veces parecen tan complicadas, desde esa misma esencia que las configura.

Existe también consenso sobre algunos de los que deberían ser los principios imperantes en la transformación urbana de ciudades como la nuestra; la densificación antes que la dispersión, a Guadalajara le urge densificar y con esto paliar la huella ecológica y el crecimiento absurdo de la zona metropolitana, el crear más espacios públicos, las prioridades en formas alternas de movilidad, intensificar y mejorar el arbolado, amabilizar la ciudad para el peatón, promover la vida y el disfrute de la ciudad. Pero es fundamental plantear de forma mas concreta algunas lógicas de solución imperantes como las esbozadas a continuación:

La misma idea de la planeación y las restricciones caen en otra contradicción: no es mas importante la altura de los edificios que, finalmente son poco percibidas por el transeúnte a píe, que la falta de áreas abiertas y verdes, que la falta de aire a nivel calle. Nos hemos engarzado en pleitos denodados sobre los máximos niveles permitidos, pero eso no hace o deja de hacer ciudad, es de nuevo el espacio urbano que se pueda ganar, el mejoramiento de equipamientos, de la imagen, del arbolado que se debía exigir cada que se autoriza un desarrollo lo que sí puede contribuir a mejorar la vida urbana, recuperar la idea de Louis Kahn de que “la calle es una estancia comunitaria”. Es por eso que se propone ser mas flexibles en alturas pero mas estrictos en la ocupación del suelo, que la ciudad gane cada vez que se realice una obra de carácter urbano y en ese mismo sentido liberar zonas de la mayoría de las restricciones en los usos del suelo, abrirlos. Como lo reconoce Jane Jacobs propiciar “calles llenas de actividades y lugares públicos” y, que estas actividades “en cada barrio sean tan numerosas y variados como sea posible”, que no se estigmaticen en zonas habitacionales los usos mixtos que mixtifican la vida y el quehacer en el espacio urbano.

Y aunque citar a Gibran Jalil Gibran es casi tan peligroso como citar a Corín Tellado o Paulo Coelho esta cita resulta por demás adecuada para cerrar el presente texto:

Tal es la llamada Ciudad del Pasado aparentemente muy lejos, pero en realidad, muy cerca- visible apenas a través de los crespones tenebrosos de las nubes.
Entonces la Vida me hizo una señal, mientras me decía:
-Sígueme. Nos hemos detenido demasiado aquí.
Y yo contesté: -¿A dónde vamos, Vida?
Y la vida me dijo:
- Vamos a la ciudad del futuro.
Y yo repuse:
- Ten piedad de mi, Vida. Estoy cansado, tengo los pies doloridos y la fuerza me abandona.
Pero la Vida insistió:
- Adelante, amigo mío. Detenerse es cobardía. Quedarse para siempre contemplando la Ciudad del Pasado es locura. Mira, la ciudad del Futuro está ya a la vista.
Invitándonos.