FERNANDO GONZÁLEZ GORTÁZAR EN MADRID
EL DOMINIO DEL LÍMITE

El presente texto aparece en las solapas del folleto editado para la presentación de la exposición FERNANDO GONZÁLEZ GORTÁZAR ARQUITECURA Y ESCULTURA. 1965-2001, Celebrada en la Fundación del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid del 13 de Septiembre al 12 de Octubre.

Por: Álvaro Morales

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Ante las fotografías, planos, dibujos y esculturas que ahora se exponen en la Fundación Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid con el apoyo del Ministerio de Fomento, y como muestra del trabajo de más de 35 años del arquitecto mexicano Fernando González Gortázar, nos acometen las dudas. Quizá una de las primeras preguntas que nos hacemos es por el territorio en que el artista se siente más a sus anchas, si es la escultura o la arquitectura su hábitat natural. La respuesta que parece más sensata es, sin embargo, una paradoja: el límite es su dominio. La obra de Fernando González Gortázar se ubica entre la tensión que define sus afanes. Y no sólo la tensión, ya de por sí compleja, entre lo escultórico y lo arquitectónico, donde parecería que la escultura actúa como vanguardia de experimentaciones conceptuales y formales que luego encontrarán en la arquitectura un lenguaje espacial.

Su hacer se solidifica en el acertado equilibrio de las tensiones que su ser genera. Sus utopías de humano empeñado en un mundo más justo, más solidario y más ecológico buscan, por medio de la belleza, una expresión concreta, y esto genera tensiones. Pongo dos ejemplos: a quien, que no fuera un insumiso y contestarario, se le podría ocurrir proponer como símbolo e ingreso a un edificio de la Policía ( la muy temida Policía mexicana ) una gran pérgola con forma de hoja ondulante que Fernando Huici define de la siguiente manera “la serpenteante modulación de una pérgola puede fluir como las ondas de un arroyo o germinar como el lanceado haz de la hoja de la palma”. Esto es lo que González Gortázar propuso, convenció y realizó para el singular Centro de Seguridad Pública de Guadalajara, México, y esto, claro esta, generó una gran polémica con quienes están acostumbrados a que este tipo de edificios sean la imagen del terror. O en la arrebatadora obra El paseo de los Duendes, en San Pedro Garza García, donde insólitamente es el peatón y la naturaleza quienes ganan la partida a los coches.

Pero es que Fernando González Gortázar se mueve, además, entre sus propias tensiones. Sus obras primeras inician de la mano de una coherente e intrépida geometría de las formas puras, en una abstracción que encuentra en los volúmenes severos su remanso. Como en el Edificio San Pedro, donde el relieve de Luis Tomasello acentúa esta imagen. Pero inconformista y experimental, su espíritu desaforado lo llevará a encontrar en el sensualismo de las formas orgánicas su propuesta más lucida; de lucidez y de luz.

Es a partir de esta geometría gozosa que la luz será más que nunca su aliada, y que González Gortázar conquista una libertad reposada y repensada, no gratuita, sino afincada en conceptualizaciones donde la turbulencia acecha. A veces parecería como si un extraño y benigno virus se hubiera apoderado de sus trabajos, y a sus contornos puros les empezaran a crecer excrecencias perturbadoras que terminaran por ganarle la partida a la antigua geometría. Es como si esas de–formaciones re–formaran su lenguaje instalándolo en una nueva procreación creativa.

Existen también en su obra tensiones mágicas entre el delirio y la realidad; y es que resulta sugestivo el que no existe una notable diferencia (que no sea por referentes del contexto) entre las fotografías de sus maquetas y las de sus obras construidas Ambas son inauditas, como sacadas de un libro de asombrosas maravillas de la naturaleza o de un manual de inmateriales formaciones alegóricas. ¿Cómo pudo haber sido construido algo tan ilusorio como la Fuente de las Escaleras de Fuenlabrada, Madrid, o el Museo del Pueblo Maya en Dzibilchaltún, México, y quien nos dice que la Plaza de la Fundación o The Texas Mountains sólo quedaron en la ilusión?. Son ensoñaciones que nos despiertan a una realidad que creíamos abandonada, que creíamos propia de las mitologías antiguas y de los esplendores clásicos.

Entre el desconcierto que la obra genera en el espectador y la certidumbre de asistir a una revelación, se sitúa otra más de las tensiones a que nos somete esta exposición. El visitante docto se tendrá que olvidar de sus referentes formales e intentar sumergirse en el lenguaje a que nos convoca el artista, tendrá que asumir el riesgo de ser neófito, de ser embrión para poder sentir las pulsiones que alimentan obras como el Centro Universitario de los Altos o el Zoológico de San Juan de Aragón, y que se miran, necesariamente, desde ese otro lado del espejo. Y quién no es docto no la tiene más fácil: ser atrapado por lo irracional que resultan a simple vista el ingreso al Parque González Gallo, la Gran Espiga, el Monumento a la Amistad Internacional y tantas otras, puede situarnos en un nivel donde las obras de la mediocridad reinante nunca vuelvan a producirnos ningún sobresalto, ningún embeleso.

Existe un subtitulo implícito en esta muestra y que es explícito en la mesa redonda “Haciendo Ciudad”. La tensión no nos abandona, el artista ahora se tensa casi hasta romperse entre el hacer arquitectura y escultura, y el hacer ciudad; pero serán el placer y el amor, un vez más, quienes nos rediman. En palabras del mismo González Gortázar: “propiciar el que entre la ciudad y el ciudadano se establezca una relación erotizada, es decir basada en el sentido de pertenencia mutua, en el placer y en el amor. La escultura urbana está allí para eso y para muchas otras cosas: puede y debe ayudar a que lo tan urgente y necesario, se vuelva también posible”. Y es que hacer ciudad también significa hacer ciudadanía; es necesario que sea devuelto el sentido original del espacio público, que sea la casa de todos, que vuelva a ser el escenario de las múltiples representaciones que el ser social hace de sí mismo. La ciudad como el teatro abierto donde el individuo se da a los demás y en donde “los otros” se manifiestan igualmente.

Y si este juego de las tensiones nos puede aturdir en la obra que se presenta, propongo que el espectador de cuenta de las siguientes paradojas: la inquietud provocada entre la monumentalidad de algunos volúmenes y la ingravidez en que se sustentan, como en la propuesta III de la puerta de Fuenlabrada, donde unas sólidas y colosales fuentes tienen su asidero en etéreos vapores de agua. O el desasosiego que nos causa la habilidad con que el artista transita entre el orden y el caos, como un espejo condensador de la sociedad actual, como la perpetua unidad entre estructura y ruptura. Y otra más, una tensión provocada desde el vientre mismo del autor, entre la violencia y la ternura, entre el grito doloroso que se rebela y nos revela, y el requiebro amoroso con que lo deposita ante nuestros ojos en forma de un elocuente sueño fraguado.

Además, y esto nunca esta de más, es Fernando González Gortázar un hombre sabio y generoso. Excelso conversador que aún cree en la palabra, in Xochitl in cuícatl, en la flor y el canto. Un hombre bueno y terrible, capaz de obsequiar a cualquiera su saber de la manera más espontánea, de dar luchas a muerte a favor de la ciudad de sus amores, de las ciudades en general, pero un iracundo intolerante con el poder y sus abusos. Un hombre que se ha servido del ensayo periodístico para refrendar sus convicciones a favor de los eternos olvidados y de la naturaleza pisoteada, que desde su sitial privilegiado de intelectual y artista jamás ha transigido, jamás ha sido doblegado y jamás ha estado al servicio de algo que no sean sus utopías y sus lealtades.