APRENDIENDO DE DISNEY

Publicado en TAPATIO, suplemento del periódico EL INFORMADOR.
Guadalajara, Jalisco. México 2008

Por: Álvaro Morales

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Aunque nos duela y mucho, Disneylandia quizá sea una de las pocas utopías realizadas; tal cual un sueño hecho realidad. Y como toda realidad construida es mucho lo que se le puede criticar, pero también lo que se le puede aprender. Juan Villoro en un memorable texto llamado Escape de Disney World lo explica así: “Disney ideó la segunda mejor opción del utopista: levantar un falangsterio superior a la realidad”.

Quizá por eso lo primero que salta a la vista es esa aura de irrealidad que Humberto Eco llama hiperrealidad y que impregna todo el mundo de Disney. Es tan absolutamente irreal que termina siendo una nueva realidad, impostada y superpuesta pero absolutamente real. Tenemos en contraste un país como el nuestro tan terriblemente real, tan crudamente verídico, tan injustamente cierto, tan auténticamente absurdo, que termina siendo inconcebible, tan definitivamente inverosímil que concluye siendo una autentica pesadilla.

Evidentemente nos son comparables, pero si quisieras que un poquito de ese mundo tan felizmente falso, de esos jardines tan diversos y bien cuidados, de esa superficial armonía, de esa bien custodiada y mantenida frivolidad, de esa fútil eficiencia, de esa insustancial vida, la tuviéramos en nuestras descuidadas y caóticas ciudades, sobre todo en sus zonas mas tristes, mas olvidadas. La irrealidad, esta irrealidad, es más segura y reconfortante que la realidad. Donde todo se pretende igual de armónico y falaz que “el pequeño mundo” y, esta omitido el azar, se garantiza el resguardo, el amparo, la protección, así esta misma sea tan falaz como los enemigos de la democracia y el eje del mal. Lo que también es cierto es que te desplazas en un ámbito de seguridad que si es envidiable, que si se añora, aunque siempre tienes la sensación de estar deambulando por un reality show, donde todo mundo te sonríe excesivamente, dónde todas las relaciones que establezcas son provisionales e igual de aparentes que los edificios, dónde sabes que entre mas te adentres en este mundo mas te sales del mismo, es un mundo sin revés, sin profundidades, de solamente una cara muy bien pintada y atendida.

Por otro lado Disney World es el espacio más multicultural que conozco y del que tengo noticia. De verdad allí se pueden encontrar trabajadores de todas las razas del mundo. ¿Existe un principio ético y humanista detrás de esto?, es casi seguro que no, mas bien esta la clara necesidad de atender a visitantes de todos partes del orbe, de todas las lenguas y que mejor en términos estrictamente comerciales que manejar la mayor cantidad de idiomas, ese es un producto muy bien cuidado en el mágico mundo de colores, como tantos otros que son, mas allá de sus motivos una verdadera enseñanza. Tenemos por caso que en esta época hipocondríaca y electropura que divide al mundo en fumadores y NO fumadores, es casi imposible ver que los espacios destinados a los fumadores, cuando existen, sean medianamente dignos y más en Estados Unidos. Normalmente son los residuos más inhóspitos dónde se arroja a los amantes del humo. Pero es muy diferente Disney World donde se les reservan verdaderos remansos con hermosas vistas, confortables bancas, del todo accesibles y cercanos uno de otro, es uno de los pocos lugares donde se respeta al no fumador, pero también al fumador y en los planos donde se ubican las atracciones también se marca con toda claridad estos agradables y deseados lugares, y esta bondad tampoco es una concesión a la tolerancia es simplemente que mucha de la gente fuma y ellos también compran, refiriéndonos de nuevo a Eco este define a Disney como “un supermercado disfrazado donde compras obsesivamente, creyendo que todavía estas jugando”, consumir es el fin y el principio, todo lo que ayude a vender es políticamente correcto.

Podemos criticar y, con mucha dureza las envilecidas representaciones de arquitectura de diferentes países que muestran Epcot y en general todos los parques, pero también se agradece que lo hagan con tanto realismo y esmero, muchos de los visitantes no han tenido y quizá tampoco tendrán en su vida la posibilidad de conocer Italia, Japón, México, Alemania o la selva africana y Disney brinda un remedo, una caricatura, al cabo ese es su fuerte, -su verdadera apuesta consiste en hacernos un mundo de animados dibujos-, pero finalmente es una muestra, que si podemos quitarnos el prejuicio, veremos una muy bien realizada imagen de cosas realmente valiosas, de ejemplos de las diferentes culturas humanas que habitamos este planeta, porque finalmente existe una franqueza y veracidad de lo falso, de lo impostado. Aunque también es cierto que nunca consigues escapar del todo de una sensación permanente de ridículo que termina por impregnarte. También podemos aprender de la movilidad, que es un tema tan presente en estos tiempos en nuestra ciudad y, que en el mundo de la fantasía se convierte en una constante, Villoro la define como una “urbe obsesionada por el desplazamiento” como “la ciudad transporte, sin otro destino que ella misma” y es que basada en esquemas sencillos y básicos consigue mover sobre su propio eje a una alucinante cantidad de personas, con bastante orden y eficiencia, distinguiendo y jerarquizando los diferentes niveles de tráfico sin obstaculizarse ninguno de ellos y donde el peatón-consumidor es el privilegiado y eso que Disney World abarca un territorio similar al área urbana de San Francisco.

Disney cumple mucha de las máximas que promueve el urbanismo mas vanguardista: tiene una excepcional relación entre áreas verdes y espacios construidos, definitivamente es un espacio divertido, abierto, amable, plural, tolerante, incluyente –la movilidad y el respeto a los minusvalidos es ejemplar-, democrático, allí todos hacen colas para todo, las colas es quizá el recuerdo mas imborrable de una estancia en Disney, lo ya comentado acerca de la colectivización de la movilidad y la eficacia en los desplazamientos, la jerarquía del peatón -el coche particular es un aditamento que se olvida al llegar a Disney World-, el envidiable mantenimiento y el cuidado con que esta hecho todo, desde las atracciones y espectáculos hasta las ardillas y los patos. El eclecticismo, el abigarramiento, el artificio y la no pertenecia de su arquitectura, la desaparición por muerte natural de la identidad, en resumen lo que Koolhaas ha dado en poner como ejemplo, bendecir y llamar “la ciudad genérica”.

Finalmente y quizá ese sea el gran aprendizaje, podemos no coincidir nada en los principios que motivaron el nacimiento de Disney y sobre todo en los que lo han perpetuado, pero eso no debe impedirnos reconocer el que supo crear un mundo simbólico y atractivo que ha logrado muchas de las cosas que tanto soñamos y que ninguna otro lugar ni sociedad en este planeta ha sido capaz de proporcionarnos, o como lo expresa Michael Sorkin “se parece al mundo, pero en mejor”.